Los últimos aplausos

Los últimos aplausos y la opinión que uno de los últimos espectadores le dirige a la productora La Zona

“Estimados señores de LaZonaTeatro.

Roland me pidió que no lo olvidara. Para ello me dejó su fotografía, que tengo ahora junto al ordenador. Y efectivamente, no pude olvidarlo. Su angustiosa carta a sus padres, que me relató su sien pegada a la mía, apenas me ha dejado dormir.

No quiero olvidar a Roland, ni a los cientos de miles que como él, como Hans, como Agnes, como Heyde, como Lotte o como Paul fueron aniquilados entonces… y son aniquilados hoy. Aquí, en nuestro país, y en tantos lugares que desconozco.

Les escribo a ustedes, a los actores, a las autoras, y a todos los que lo han hecho posible, para agradecerles el que nos hayan mostrado, me hayan mostrado que la vida es digna de ser vivida. Toda vida… también la enferma o la discapacitada. Digna de ser vivida… digna de nacer, de crecer, de aprender, de amar, de enamorarse, de crear, de ayudar,  de envejecer, de ser plena…

Gracias por mostrarme con cabaretera ironía que los eufemismos (“redimir”, en vez de “asesinar”; “eugenesia”, en vez de “aborto”; “cargas sociales” en vez de “gasto no productivo”…)  son cosa del nazismo, sí, pero también son actuales. Trágicamente actuales. Y no sólo por culpa de los políticos, como si ellos fueran los responsables de todo, sino, sobre todo, por nuestra parte, la de miembros de una sociedad, que nos expresamos con nuestros votos, con nuestras pautas de pensar y de actuar, de prejuzgar y de enjuiciar a los otros. Y también con nuestro modo de evadirnos, y nuestra voluntad de autoanestesiarnos ante el dolor ajeno, aunque resulte próximo.

Hay tanto que “Cáscaras vacías” ha removido, ha recordado, ha vuelto a la luz… Hay tanto bien que puede hacer. Tanto que hacer pensar. A tantos…

Por eso, además de darles la enhorabuena y de agradecerles su esfuerzo, les escribo para sugerirles…

Leí en la prensa local que probablemente la del sábado fuera la última representación de “Cáscaras vacías”. Me dio lástima. Porque el sábado el Teatro Principal de Burgos no estaba muy lleno. Era mala fecha, quizá. Una tarde de sábado en el puente de la Constitución en el que muchos aprovechan para dar paseos viendo las luces navideñas. Me dio la impresión de que muchos de los espectadores era gente ya concienciada con la discapacidad. No en vano la obra se programó dentro de los actos del día de la discapacidad. Y pensé (soy educador), en los más jóvenes que el día de mañana serán el grueso de nuestra sociedad. En aquellos a quienes el nazismo les resultará cada vez más lejano. Que no sabrán lo que pasó en Hartheim, y si lo saben crean que es un truculento argumento del pasado que no puede repetirse. Y que pensarán que en esta vida lo importante es ser útil, ser listo, ser guapo, ser válido… Y si no… la vida no merece la pena ser vivida… Y sin darse cuenta estarán justificando los mismos asesinatos.

Seguramente que habrán recibido más de una carta en este sentido. Pero…, por si no lo han pensado, antes de decidir que no se vuelva a representar esta obra… piensen por favor cómo se podría difundir, representar ante mucha más gente… y no sólo ante los que ya están concienciados al respecto. No conozco el mundo del teatro ni sus circuitos. Pero sí sé que el teatro también llega a institutos, asociaciones, centros culturales…

Sirva esta carta como una pequeña petición, a tener en cuenta junto con un montón de condicionantes económicos, laborales, sociales…  Supongo que apenas podría yo ayudar. Pero al menos quería hacerles llegar mi agradecimiento y mi sugerencia… Todo sea por no olvidarme de Roland, ni de los que fueron y son como él.”

Francisco Javier Valdivieso. Burgos.

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